Si yo fuera ciego, vería mucho más de lo que ahora veo. Si fuera sordo, quizá podría escuchar las voces que ahora no puedo oir. Si fuera mudo… Si fuera mudo, podría decir tantas y tantas cosas que llenaría bocas y callaría otras tantas… y… y… es posible que pudiera cambiar el mundo. O al menos este pequeño mundo en el que me ha tocado estar.

Pero no soy ciego, soy solo un poco cegato. No soy sordo, solamente un poco duro de oido. Y no soy mudo. Puedo hablar bastante claro, pero casi no me atrevo. O no me dejan o los que me dejan dicen que no es conveniente. O los que no me dejan dicen también que no es conveniente. Y entre todos y lo que yo veo y escucho… la verdad es que mejor no hablar.

Algunos se ríen cuando se lo cuento. Algunos prefieren callar con ese mudo silencio tan propio de estas tierras. Otros se dan la vuelta como si nada fuera con ellos. O como si lo que va con ellos fuera mejor no tenerlo en cuenta. Y prefieren callarse. Como yo. Porque, dicen ellos, “si yo hablara”… Pero nunca hablan. Porque, dicen ellos, “si fulano pudiera hablar”… Pero tampoco dice nada. Porque como yo digo, “si yo pudiera hablar”… Pero tampoco puedo, ni quiero, ni me dejan ni me dejo a mí mismo. Porque como dicen todos los habladores, o, mejor dicho, los posibles habladores, “mejor no meterse en problemas que ya tenemos bastantes”.

Y, por eso, por eso y por tantas cosas que ocurren y que nadie se atreve a contar, por eso estamos como estamos y por eso los de siempre hacen las cosas de siempre y los que no hacen nada siguen sin hacer nada. Y así van pasando los años… como siempre. Por eso ningún contador cuenta. Ni yo mismo que solo soy aprendiz de contador.

Por eso, ni los perros ladran, ni los pájaros cantan ni las cigüeñas se atreven a volver. Solo nos quedará el silencio. Ese silencio al que estamos tan acostumbrados y que nos permite el ir tirando y el dejar que las cosas sucedan sin enterarnos.

… O sin querernos enterar.

Angel Lorenzana Alonso

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