Yendo hacia Kioto

cubrían medio cielo          

nubes de nieve.

Kyoto made wa/nada han zora ya/yuki no kumo/ (Basho)

El viaje hasta Kioto nos muestra un paisaje muy diferente al que habíamos visto en otras zonas del Japón. Casas de estilo occidental conviven con plantaciones de arroz, y desde el tren bala (Shinkansen) es fácil imaginar que estamos pasando por las afueras de León, pero el increíble y hermoso verde que matiza su arboleda  y los arrozales, nos devuelven de nuevo al país nipón.

Y a lo lejos el monte Fuji, (富士山 Fuji-san)  la montaña sagrada de los japoneses, la cumbre más alta del Japón (3776 mts), pero apenas logramos verlo. Hay nubes, nos dice Hikari, el amable y guapo guía que nos acompaña hasta Kioto. Y nos emplaza a realizar otra visita al país, para poder asistir a ese espectáculo irrepetible que es la salida del sol -rojo intenso sobre blanco- en la cumbre del monte después de haberlo escalado durante toda la noche.

A la llegada a la estación de Kioto, queda la viajera sorprendida por una estación moderna, de cristal y metal que habla muy bien de los contrastes de esta nación. Enclavada en la milenaria capital imperial, ofrece al viajero todo lo que puede necesitar sin salir de ella: hospedaje, exquisitos restaurantes, tiendas de regalos, centros comerciales, librerías de manga y comercios de informática.

Allí nos espera Yoko (Hija de las hojas), la extraordinaria guía que ya no nos dejara de la mano y que nos hablará de la historia de este pueblo que ella ama, tratará de enseñarnos los números en japonés, a realizar con papiroflexia grullas como ofrenda para la niña muerta por leucemia en Hiroshima y contestará a todas nuestras dudas y  preguntas.

Paseamos con Yoko por la que fue sede imperial durante 1000 años para visitar sus templos y asistir a la ceremonia del té; un ritual de gran importancia en Japón, una tradición que se pierde en el tiempo y que tiene mucho que ver con la filosofía zen: recogimiento, meditación y sencillez. Lo tomamos en un lugar pequeño, recubierto de tatami, al que hemos tenido que entrar descalzos.

Antes del té nos sirven un pequeño dulce que ha de ser saboreado lentamente para contrarrestar el amargor del té macha. Después, las tazas de cerámica negra (raku) nos permiten degustar a pequeños sorbos el amargor del té que es, según dicen, el de la vida.

Nos dirigimos al Templo de Agua Pura (Kiyomizu-dera) por una calle peatonal, empedrada, repleta de bares y  tiendas de ropas, joyas y pastelitos a los que nos invitan los vendedores como reclamo. En uno de los bares, la sorpresa: se trata de un lugar donde puedes tomar algo mientras acaricias a una mascota. Va a ser cierto que los japonés hacen de la dificultad virtud, pues como apenas tienen espacio en sus casas y adoran los animales -mascotas- resuelven la situación con estos bares/cafeterías donde puedes acariciar y jugar con gatos, perros y otros animales de compañía.

Al atardecer, nos vamos con Yoko al barrio de las geishas que, nos explica,  son mujeres jóvenes que realizan un oficio elegante y noble, hoy en decadencia. Solamente trabajan en las Casas de Té, y solo para quienes pertenezcan -como socios- a esas Casas.

Observamos los  edificios de madera noble de una planta, que nos va señalando nuestra guía y que se reconocen por las tablillas que sobre la puerta indican  los nombres de las jóvenes -maikos- que allí se preparan para cantar, bailar, conversar y realizar a la perfección la ceremonia del té. Las futuras geishas.

Paseando, eso sí, muchas jovencitas vestidas con kimonos y peinadas de forma que se vea su nuca pues, según nos explica Yoko, la nuca es un lugar de atracción erótica muy importante para el hombre japonés. En cambio, a las mujeres, les gustan los combatientes de sumo y los hombres muy atildados. Combates de sumo a los que no se puede asistir si no es sacando con mucha antelación las entradas, como ocurre con el espectáculo de teatro Kabuki.

Busca la viajera  y sus compañeros, un lugar donde tomar sake, ese vino suave y que cuenta con numerosos centros especializados en los diferentes sabores. Y buscando, se encuentra con el santuario sintoísta de Yasaka-Yinya con sus preciosos farolillos. Allí reza en el templo  según el rito sintoísta, comprando después las tablillas para escribir peticiones de fortuna y salud para todos los que están en su corazón.

De todos los templos, la viajera prefiere el de Sanjusangen-do , donde se siguen realizando competiciones de tiro con arco (Kyudo), ahora como un ritual de paso a los 20 años: chicos y chicas vestidos con los trajes tradicionales disparan sus flechas para demostrar su habilidad y su capacidad de concentración.

Sin embargo, es el Templo de Oro, (Kinkaku-ji), un santuario adscrito al budismo zen, el que despierta más admiración. Tres plantas recubiertas de finísimas laminas de oro que brillan y se reflejan en el estanque que le circunda y que completa la belleza y armonía del  jardín. Perfección y armonía rota por una pequeña terraza puesta allí por los creadores del templo para –fieles al espíritu japonés- no ofender a los Kami (dioses) con su perfección. Allí la viajera compra dorayakis, un exquisito pastel de habas dulces y sellos, para enviar postales a los amigos españoles.

No se ve una sola pareja de la mano ni mucho menos besándose, solo parejitas charlando, sentadas a la vera del rio Kamogawa; la viajera les mira complacida desde los ventanales del restaurante de la calle Ponto-chó, iluminada por farolillos rojos, allí cena esa exquisita “tempura” de verduras y también degusta sorbiendo, el ramen, acompañado todo de una copita de sake, el vino de arroz preferido de los dioses y de los japoneses.

Se pone el sol en Kioto, mañana nos iremos a un lugar donde el 6 de  agosto de 1945 llegó inopinadamente la muerte y la desolación: Hiroshima.

Sobrevolando nubes, un día  del  verano de 2019.

Victorina Alonso Fernández

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