Respiraba flojito, para no despertar al alba. La luz apenas empezaba a aparecer sobre el horizonte y algunos pájaros ya se habían despertado.

El silencio, no obstante, casi total en aquel claro del bosque, seguía llamando a un descanso que necesitaba y que no quería dejarlo pasar. Pero no podía perderse el amanecer. El amanecer de un nuevo día que le traía nuevas luces, nuevas ideas y nuevas esperanzas.

Los lobos se habían ido después de una noche de espera, de aullidos que metían el miedo en su cuerpo. El bosque se había quedado quieto a altas horas de aquella noche que él presentía la última. Pero el sueño no llegó y contó minutos y horas esperando la madrugada.

Ahora no podía dormirse. El canto de los pájaros se hacía más intenso en cada segundo y el agua seguía bajando por el pequeño riachuelo. Todo era perfecto. Solo faltaba la salida del sol.

Cuando llegó, todos los pájaros salieron de sus nidos. La paz de la noche se había roto en mil pedazos. El aire se paró un momento. Las nubes empezaron a reflejar el blanco de sus algodones. Las rosas se desperezaron.

Por la cara del hombre rodó una pequeña lágrima reflejada de azul. Recogió sus cosas, desperezó sus brazos, miró al horizonte y siguió caminando.

Sintió que alguien le estaba esperando.

Ángel Lorenzana Alonso

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