En los últimos días han sido muchas las críticas que he oído, leído y expresado respecto a la vergonzosa situación política de Villaquilambre, la mayoría de ellas centradas en la subida salarial del alcalde. Ciertamente, resulta escandaloso que Manuel García se haya añadido 3.000 euros a su sueldo, no tanto por la cantidad como por el desaire a nuestros vecinos y vecinas que están en paro, sobreviviendo con subsidios, cobrando míseros salarios o atenazados por el miedo a perder su empleo. En esta situación, subirse el sueldo cuando ya se cuenta con una retribución digna y suficiente y, además, se tiene un segundo sueldo –también público- resulta ofensivo, egoísta y, sobre todo, significativo de su sensibilidad social. Pero  los “niños bien” tienen a veces pataletas y Manolín tuvo desde el primer día el capricho de llegar a los 40.000, como en la anterior legislatura tuvo el capricho de culminar el edificio consistorial y poner su placa bajo la de su padre, empeño al que dedicó su quehacer. Ése fue, de hecho, el precio que quienes gobernamos a su lado tuvimos que pagar para poder llevar a cabo una política social, cultural, deportiva y medioambiental de la que nos sentimos orgullosos; posible gracias a la gestión económica que también llevamos a cabo los concejales de Civiqus. Lo peor de haberle dado el capricho es que ahora ese edificio, que es la casa de todos, la ha convertido en su tercera (o cuarta) residencia, en la que, para empezar, no tenemos cabida ninguno de los representantes de la ciudadanía excepto él y sus socios.

Pero la verdadera ignominia de esta legislatura reside en su enfermiza obsesión por tener una mayoría absoluta que le permita centrarse en su “prometedora carrera política en el PP”. Vale todo y a cualquier precio, sobre todo si se dispara con pólvora ajena. Y aquí el que compra tiene tanto pecado como el que se vende. El proceso ha sido obvio. Primero: se encuentra el punto débil, un concejal, Ramón Fernández, que, ante la tesitura, ya irremediable, de estar tres años en la oposición, no está dispuesto a “trabajar gratis” e, incluso, a “no trabajar, pero gratis” y, cual Judas, quebranta sus principios y traiciona a sus votantes y a sus compañeras.

Segundo: se vende el alma al diablo. En este caso, atraemos al enemigo irreconciliable, al ex alcalde Lázaro García, a quien Manuel García ha lanzado acusaciones e improperios –por cierto, justificados- durante años y con el que juró y perjuró que jamás pactaría. No ha debido de ser fácil para el alcalde y el esfuerzo sólo denota el tamaño de su ambición; sí lo ha sido, seguro, para Lázaro, que ya hizo lo mismo cuando pactó a diestra y siniestra para quitarse de encima a Civiqus y que, en el balance de su larga trayectoria, puede presumir de su habilidad para la artimaña, la confabulación, el politiqueo y la instigación; dejando, eso sí, en la ruina, cuanta institución toca: el mejor curriculum para manejar la caja de caudales desde la Concejalía de Hacienda.

En suma, Manuel García pasará a la historia como un alcalde tan cicatero que ensucia su imagen por tres mil euros; tan poco dedicado a su municipio que se reparte entre dos cargos y tres ciudades –una para cada cargo y otra distinta para su domicilio familiar-, y un alcalde sin la menor vocación de diálogo que ha sido totalmente incapaz de gobernar mediante el mismo y muestra tal falta de respeto democrático que ha construido un edificio enorme y no deja a la oposición ni utilizar un mostrador. Ahora bien, lo hace porque así se lo permiten Lázaro García Bayón, Ramón Fernández, Eleuterio González y Miguel Ángel Díez; cuatro concejales dispares a los que no une ningún tipo de confluencia ideológica, política o programática. Lo suyo no puede llamarse, de ningún modo, un pacto de gobierno; si acaso, un pacto de desgobierno para repartir 310.000 euros anuales.

FDO: Carmen Pastor Carro

Concejala de Villaquilambre

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