alambradas

Aprieto la mano de mi pequeño con fuerza y con rabia. Desde el otro lado de la alambrada, un soldado intenta conquistarlo y le pone un caramelo entre uno de los rombos que forman la alambre. Tiro de él, pero al final cedo. ¿Cómo voy a negarle un dulce, después de haber estado durante toda la noche de travesía? Estamos mojados, ateridos de frío, acribillados por la inmundicia del mundo que mira hacia otro lado. El soldado me mira con lascivia, yo le devuelvo la mirada con fuego y con rabia. Me acerco a la alambrada y le digo en inglés:

-“Eres un cerdo” –  Se aparta dos pasos de la alambrada y se mira los pies.

Comprendo que me ha entendido, y observo como su conciencia, le recrimina lo que acaba de hacer. –Lo siento.- Me contesta en inglés. No sé qué me ha pasado. Te ruego no me lo tengas en cuenta”. Y ahora me tiende una chocolatina para que se la entregue a mi hijo. Ni siquiera me paro a mirar, la cojo y la guardo entre el chal, temerosa de que alguien haya visto la escena, a la vez que mi conciencia me recrimina el acto. ¿Acaso es algo malo velar por la vida de mi hijo? Pues no, pero estoy tan acostumbrada a temer cualquier cosa que haga, que me siento culpable hasta de respirar.

Esa mujer pudiera haber sido yo, pero nací en una época y un lugar distintos.

No debemos olvidar que la trágica travesía de muchos de los que se ven avocados a traspasar sus propias fronteras porque la muerte les empuja a huir, es una corriente de almas, que deambulan en busca de paz.

Mordida existencial: Los que tenemos paz, no acostumbramos a solidarizarnos con los que no la tienen. ¿Y si alguien toma represalias contra nosotros por prestar ayuda a personas como nosotros? ¿Y si resulta que nos invaden y nos quitan lo nuestro? Qué poco nos acordamos de la diáspora de nuestros antepasados. Qué poco consecuentes somos con la vida.

Tenemos que caminar hacia la solidaridad y el respeto. Si no compartimos, estaremos exilados  de nosotros mismos, ya que cada uno, somos la esencia del todo. Cada niño huérfano, es responsabilidad de toda la humanidad. Cada fusil es un trofeo del egoísmo que nos hace mucho menos inmortales.

Despido estas líneas degustando un poco de chocolate, recordando a la mujer del relato,  para no sentir el amargor de tanta angustia como ondea por el mundo. Vale.

Manuela Bodas Puente – Veguellina de Órbigo.

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