barca emigrantes

Antes de montar en la barca, ató a dos de sus hijos a la cintura. Había oído que en los trasvases y en las largas caminatas que debían hacer, los tumultos de personas eran tan grandes, que era fácil desperdigarse y no volver a saber nada de la persona que se perdía. Su compañera llevaba al más chico en los brazos.

En la barca estuvieron juntos y apretados para darse calor. Hacía frío y la humedad y el chapoteo del mar, iban empapando sus ropas, de manera que era peor aquella trepanación de huesos que la oscuridad que reinaba en la tierra. Ni una estrella a la que poder aferrar las esperanzas.

Pensó en su niñez, en el sol de las tardes cuando ya estudiante en la universidad, tumbado en la hierba disfrutaba de todo lo que le rodeaba. Pensó en su bella tierra, ahora devastada y convertida en desierto de cascotes y cadáveres. Él había tenido suerte hasta ahora. Al ser traductor, se podía mover con cierta ventaja, por eso cuando tradujo la última conversación entre dos dirigentes de distintos bandos, supo que tenía que salir de allí, si quería mantener con vida a su familia y a su propia persona.

Cuando ya se divisaban las rocas, un golpe de mar casi vuelca la barca, algunos cayeron al agua y fueron rescatados por salvamento marítimo que ya estaba en alerta. Aquella taza de caldo caliente les devolvió el ritmo a las venas, sus manos entumecidas apenas podían articular movimientos. Todos estaban vivos y a salvo de momento, en las costas de algún país extraño del que no conocían nada, pero eso era lo que menos importaba. Agradeció a las personas que les ayudaban la calidez de sus actos.

Desde allí, tendrían que caminar muchos kilómetros hasta llegar a alguna frontera abierta de justicia y de humanidad.

Mientras escribo estas líneas, les he perdido el rastro, no sé si habrán llegado a un destino justo o se habrán muerto en el camino, o les habrá raptado alguna organización de tráfico de personas.

Mordida existencial: Mientras escribo estas líneas, mi conciencia juega a tocarme las narices. La muy…, anda tras de mí: Sí, sí, mucho escribir y sentir pena, pero: ¿Qué granito de arena aportas a esta debacle humana que se está comiendo la ética, el sentido común y el destino de millones de personas a las que calienta el mismo sol y viven en tu mismo planeta?

Sinceramente, me cuesta creer que el hombre se coma al hombre, pero…

Manuela Bodas Puente – Veguellina de Órbigo, León

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