perro en la ventana

En el lugar del tiempo en que él vivía, nada era más absoluto que el hecho de ir tirando. Cada día, como el día anterior, la rutina convertida en forma de vida se imponía a cualquier atisbo de innovación, por pequeño que fuera.

El reloj, su reloj interiorizado, le hacía abrir sus ojos negros con un pequeño margen de error de apenas dos minutos que dependía de las nubes que se asomaran a su ventana en ese amanecer.

Se levantaba después de mirar si algo había cambiado a su alrededor, bajaba de la cama y bebía unos pocos sorbos de agua, como para refrescar su boca y sus ideas. Desayunaba más bien poco e iba hasta el salón, en donde la persiana estaba un poco levantada, para mirar por la ventana, yo pienso que para comprobar una vez más que todo estaba en su sitio perfecto: la calle estaba allí, la señora que llevaba el niño al colegio estaba pasando frente a su casa, los coches habían empezado a rugir y algún que otro niño lloraba para llamar la atención de su ocupada mamá.

Todo estaba bien. Todo seguía igual que ayer… y que antesdeayer. Podía estar y seguir tranquilo.

Su compañera de piso, y de cama, aún no se había levantado. Ella no tenía ese horario tan perfecto como el suyo y, pensaba él, eso le hacía llevar una vida mucho menos confortable.

Cuando se acercó nuevamente a la cama, ella estaba abriendo sus ojos y él, su perro, como cada día, saltó y le ayudó a despertarse a base de mimos, de besos y de juegos.

Otro día estaba comenzando.

 

Ángel Lorenzana

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