madaya

Dejó que su cuerpo resbalara por la pequeña pendiente. Se zambulló en el agua helada. Tenía que lavarse las heridas. El dolor en el costado y en la pierna era infernal. El agua helada le alivió. Cerró los ojos y enfocó, con las últimas fuerzas que le quedaban, hacia la corriente. Por fin acabaría aquel infierno.

Meses y meses de asedio. Sin comida, herida de metralla, sin medicamentos. Las pústulas de la piel y del alma, empezaron a hacer mella cuando agotada cayó de rodillas bajo el puente. Llevaba unas hojas de periódico para taparse la cabeza y no ver el horror que alrededor habitaba junto a ella. Cuerpos tirados, no se sabía si con vida o sin ella, algún que otro aullido-lamento, casi imperceptible ya por la inanición y el abandono absoluto. Se acurrucó en un rincón y se tapó la cabeza con una hoja de periódico. No quería ver, no quería oír, no quería sentir. Sólo quería morir, pero ni fuerzas para ello le quedaban. Alguna vez pensó en decirle a alguna persona de las que se cruzaban en su camino que le ayudasen a morir, pero se dio cuenta de que habría sido en vano. La epidemia del hambre y la inanición, a los que les tenía sometido el cruel y genocida asedio, mantenían a todos los habitantes de su ciudad igualmente cadavéricos.

Un sueño feliz vino en su ayuda mientras yacía con el periódico encima de la cabeza. Vio, en sueños, a su compañero y a sus dos pequeños por la casa. Él correteando con ellos como si fuera un niño más. Ellos felices le abrazaban y se le subían por encima de los hombros cuando él se agachaba a jugar. Su pequeña casa, en la que convivían con ellos, dos macetas de hierbas aromáticas y dos gatos callejeros que a veces venían a dormitar y a recoger las migajas, que de su frugal asueto sobraban. El sol lucía hermoso aquella mañana. Sus pequeños se habían ido a la escuela y a su marido le habían llamado para hacer unos arreglos en el mercado. Ella barría contenta la puerta de su casa. Un estallido retumbó cerca y se hizo una columna de humo inmensa en el lugar donde estaba la escuela. Sintió como el horror le arrancaba el corazón del pecho y se le atragantaba toda su sangre en la boca. Soltó la escoba y corrió. La tierra se había parado, ya no giraría más para ella pensó, mientras veía horrorizada, con el resto de los allí presentes, que la escuela se había convertido en un agujero lleno de escombros y niños sin vida.

No podía imaginarse que meses después, se repetiría la escena en el mercado, donde su marido acudía cuando requerían su presencia para arreglar alguna avería.

Luego todo se fue envolviendo en una neblina en la que apenas se podía respirar. Deambuló y erró durante meses por muy distintos rincones de la ciudad, hasta llegar allí.

Despertó con el periódico encima. Pudo descifrar en las letras un anuncio que le dio la solución a sus pesares: “Que no le ahogue su tos, tome Resfridol”. La palabra ahogar le dio la solución, estaba a dos pasos del río. Por fin había llegado su gran día.

Mordida existencial: El relato podría haber sucedido aquí, en Veguellina de Órbigo. Cualquier ciudad del mundo, podría haber sido la ciudad sitiada de Madaya en Siria. ¿Qué designios del futuro hacen que en el mismo planeta, en el mismo siglo y perteneciendo a la misma especie, la mujer del relato y yo, tengamos una vida tan distinta? Creo que estas preguntas y otras que tienen que ver con la esencia de la existencia, debemos hacérnoslas a diario. Supongo que si dedicamos unos minutos a estas reflexiones, un granito de arena iría a parar a la gran duna de la vida, en la que estamos todos inmersos hasta las cejas. Y no me refiero a religiones ni estados ni poderes ni consumos, ni…, me refiero a dedicar unos minutos de reflexión y aplicar el sentido común, aplicar el: “no hacer a los demás lo que no me gustaría que me hicieran a mí”. Sinceramente creo que aunque no se arreglasen las cosas de la vida así, de hoy para mañana, al menos estaríamos poniendo un poquito de nuestra existencia a favor de la vida.

Manuela Bodas Puente – Veguellina de Órbigo.

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